Vida al estilo perruno

Si las personas fuéramos como los perros, nosotros seríamos más simples y nuestras relaciones serían menos complicadas. Sólo necesitaríamos comer, pasear, dormir y que nos amen mucho.

Seríamos agradecidos con quien nos acepta en su hogar, cariñosos con quien nos estima, compasivos con quien nos necesita, protectores con quien nos cuida, traviesos con quien juega con nosotros, amables con quien desea acariciarnos y groseros con quien pretende lastimarnos.

Nos entusiasmaríamos al disfrutar algo, y nos delataría nuestra cola moviéndose de un lado a otro o nuestros brincos por todo el lugar. Nos enojaríamos al disgustarnos algo, y nos evidenciarían nuestros gruñidos o nuestros ladridos. Nos deprimiríamos al enfermarnos, y nos revelarían nuestros ojitos tristes y nuestra cara desanimada.
No nos dificultaríamos la vida con prejuicios. No nos complicaríamos la existencia con preocupaciones ni inseguridades. No conoceríamos el odio, el rencor, la traición, la decepción ni la envidia.

Sencillamente, trataríamos bien a quien nos trate bien y mal a quien no, expresaríamos nuestras emociones y nuestros sentimientos sin pensarlo, y disfrutaríamos de la vida. Por algo los perros viven menos años que los seres humanos, porque ellos aprenden en poco tiempo lo que a nosotros nos lleva toda una vida: amar incondicionalmente.