Una bella ilusión
Los árboles navideños siempre me han atraído. La combinación de esferas, listones, moños y demás adornos me fascina. Las luces que envuelven a un árbol, esos foquitos que se prenden y apagan con un ritmo peculiar, me hipnotizan de tal manera que puedo pasar horas frente a un árbol o acostada debajo de uno admirando su grandeza.
Hay un día del año en particular en el que los árboles navideños adquieren un significado especial para mí, un día del año en el que los adornos parecen bailar al compás de las luces y éstas parecen brillar más que de costumbre. Es la madrugada del 6 de enero el momento en que lo ordinario se transforma en extraordinario.
Mis padres siempre se habían preguntado por qué yo no me emocionaba y me alocaba como mi hermano lo hacía - y lo sigue haciendo -, y es que había algo que nunca habían podido entender: más que los juguetes, los chocolates, los peluches, la ropa, los zapatos o lo que fuera que los reyes magos nos hubieran dejado, lo que yo más disfrutaba – y aún disfruto - era contemplar ese instante único en que la magia que se hacía presente y giraba alrededor del árbol con sus luces encendidas y su pie lleno de regalos. Ahora, después de tantos años, conocen la razón por la que siempre bajaba en la madrugada del 6 de enero a sentarme frente al árbol y a quedarme dormida acostada debajo de él.
Año tras año guardo en mi mente y en mi corazón esa imagen del árbol con las luces y los regalos, año tras año esa imagen me recuerda que aún hay una niña dentro de mí llena de ilusiones.
Hay un día del año en particular en el que los árboles navideños adquieren un significado especial para mí, un día del año en el que los adornos parecen bailar al compás de las luces y éstas parecen brillar más que de costumbre. Es la madrugada del 6 de enero el momento en que lo ordinario se transforma en extraordinario.
Mis padres siempre se habían preguntado por qué yo no me emocionaba y me alocaba como mi hermano lo hacía - y lo sigue haciendo -, y es que había algo que nunca habían podido entender: más que los juguetes, los chocolates, los peluches, la ropa, los zapatos o lo que fuera que los reyes magos nos hubieran dejado, lo que yo más disfrutaba – y aún disfruto - era contemplar ese instante único en que la magia que se hacía presente y giraba alrededor del árbol con sus luces encendidas y su pie lleno de regalos. Ahora, después de tantos años, conocen la razón por la que siempre bajaba en la madrugada del 6 de enero a sentarme frente al árbol y a quedarme dormida acostada debajo de él.
Año tras año guardo en mi mente y en mi corazón esa imagen del árbol con las luces y los regalos, año tras año esa imagen me recuerda que aún hay una niña dentro de mí llena de ilusiones.