Adiós GAM
Qué difícil ha sido alejarme de algo que se ha convertido en mi estilo de vida y que se ha hecho parte esencial de mí. Qué difícil ha sido dejar atrás algo que por años ha sido mi única prioridad. Qué difícil ha sido decirle adiós a águilas.
Qué difícil ha sido decir adiós cuando he participado en diversas actividades y sólo he podido pensar en cómo va reaccionando el grupo, cómo daría yo esa dinámica o cómo manejaría la retroalimentación. Qué difícil ha sido decir adiós cuando he buscado hacer cosas diferentes como bajar una montaña en tirolesas, cruzar un bosque en puentes colgantes, trepar un gran tronco sacudido por el aire, volar tratando de alcanzar un trapecio, caminar por un cable a varios metros de altura o subir una serie de obstáculos movedizos, y al final lo he relacionado todo con lo mismo: águilas.
Qué difícil ha sido decir adiós cuando en el último campamento recibí tan buenos comentarios de quienes trabajaron conmigo: "eres una excelente logística", "eres la médula espinal", "tus aportaciones son claras y directas, muy puntuales", "es impresionante cómo puedes estar al frente del grupo pero también detrás de todo". Qué difícil ha sido decir adiós cuando el rumor se esparció por personas que nunca creí opinarían así de mí y cuando al encontrarme con quien tanto admiro lo primero que me diga sea "me dieron muy buenas referencias de ti, vale la pena considerarte". Qué difícil ha sido decir adiós cuando al platicarle a quienes nunca me habían apoyado ahora digan "hay que aprovechar los talentos que se nos dan, no dejes escapar esas oportunidades".

Ha sido tan complicado decir adiós porque cada vez es una experiencia diferente, cada vez es un aprehendizaje nuevo, cada vez es un crecimiento mayor. Y no es que quiera despedirme de todo lo que águilas representa, es que la línea de mi vida ha tomado un rumbo diferente en el que mis compromisos han aumentado, un rumbo en el que mis responsabilidades han cambiado, un rumbo en el que lamentablemente ya no hay tanto espacio para águilas como antes.
Qué difícil ha sido decir adiós cuando he participado en diversas actividades y sólo he podido pensar en cómo va reaccionando el grupo, cómo daría yo esa dinámica o cómo manejaría la retroalimentación. Qué difícil ha sido decir adiós cuando he buscado hacer cosas diferentes como bajar una montaña en tirolesas, cruzar un bosque en puentes colgantes, trepar un gran tronco sacudido por el aire, volar tratando de alcanzar un trapecio, caminar por un cable a varios metros de altura o subir una serie de obstáculos movedizos, y al final lo he relacionado todo con lo mismo: águilas.
Qué difícil ha sido decir adiós cuando en el último campamento recibí tan buenos comentarios de quienes trabajaron conmigo: "eres una excelente logística", "eres la médula espinal", "tus aportaciones son claras y directas, muy puntuales", "es impresionante cómo puedes estar al frente del grupo pero también detrás de todo". Qué difícil ha sido decir adiós cuando el rumor se esparció por personas que nunca creí opinarían así de mí y cuando al encontrarme con quien tanto admiro lo primero que me diga sea "me dieron muy buenas referencias de ti, vale la pena considerarte". Qué difícil ha sido decir adiós cuando al platicarle a quienes nunca me habían apoyado ahora digan "hay que aprovechar los talentos que se nos dan, no dejes escapar esas oportunidades".

Ha sido tan complicado decir adiós porque cada vez es una experiencia diferente, cada vez es un aprehendizaje nuevo, cada vez es un crecimiento mayor. Y no es que quiera despedirme de todo lo que águilas representa, es que la línea de mi vida ha tomado un rumbo diferente en el que mis compromisos han aumentado, un rumbo en el que mis responsabilidades han cambiado, un rumbo en el que lamentablemente ya no hay tanto espacio para águilas como antes.