El desconocido

Es un día como cualquier otro, salgo de mi casa y me dirijo hacia la parada del camión. Supongo que es un día como cualquier otro también para él, que llega a la parada minutos después que yo. Pasa el primer camión y éste nos ignora. Pasa el segundo y éste también nos ignora. Él me mira, yo lo miro y sonreímos mientras deseamos que el siguiente camión sí nos haga caso. Al parecer, nuestro afán surte efecto en el conductor del tercer camión porque éste sí se detiene.

Me subo, pago mi pasaje y me percato que no hay asientos libres. Voy haciéndome a la idea de que será uno más de esos viajes en los que me toca ir parada, cuando una señora y su hijo le hacen la parada al conductor y se bajan poco después de que habíamos subido. Los asientos ahora desocupados son esos dos en el fondo y en la orilla que casi nadie quiere por lo complicado que es sentarse ahí. Me siento, pues soy de esos pocos a quienes no les importa el lugar mientras no sea preferencial, y observo que él se ha quedado parado en la parte delantera del camión.

Él saca la guitarra que traía guardada en su mochila y se dispone a cantar. Yo, como siempre, traigo mis audífonos y escucho mi programa de radio favorito. Él empieza a hablar, creo hace una introducción de lo que cantara. Yo lo ignoro. Empieza a tocar y a cantar, y, como si fuera fondo musical, oigo algo que parece ser una de mis canciones favoritas. Me quito uno de los audífonos, confirmo que es esa canción y me quito el otro audífono para escuchar mejor. Él ya está cantando el coro "yo no sé mañana, si estaremos juntos, si se acaba el mundo...", cuando yo, bueno, yo ya me siento atraída por su angelical voz y su apasionante interpretación. Él presenta la siguiente canción: y ahora quién de Marc Anthony, cuando yo me pregunto: ¿y quién es él?. Él le agradece al público que lo ha escuchado diciendo "espero les haya gustado, sólo quería amenizarles el camino y desearles el mejor de los días... no lo hice por dinero sólo regálenme una sonrisa, esas son gratis, no empobrece a quien la da y enriquece a quien la recibe..." y nos regala la sonrisa más hermosa que jamás haya visto. Guarda su guitarra, busca un lugar para sentarse y detecta el único asiento disponible (sí, el que está junto a mí). Mientras se dirige hacia la parte trasera del camión, rechaza las monedas que quieren darle. Cuando se sienta me pregunta si me ha gustado lo que ha cantado y le respondo que es la primera vez que alguien logra que me quite los audífonos. Y la conversación continúa.

Él me sonríe y yo le sonrío. Nos reíamos con cierto nerviosismo. Él se chivea y yo también, aunque no sé por qué. Agachamos la mirada con un poco de timidez. La siguiente parada es en la que él debe bajarse. Me pide permiso para salir y pide la parada. Una vez más, él me sonríe y yo a él. Él se despide de mí diciendo "sé en qué parada encontrarte" y se baja del camión. Y yo, sin aviso alguno, me enamoro de él.