El patio de mi casa no fue particular
En estos días, como suele ser, he estado yendo al negocio de mi familia y he estado reencontrándome con varios de mis amiguitos, aquellos niños cuyos padres tienen un negocio en el mismo pasaje comercial donde mis papás tienen el suyo y que al igual que yo ya están de vacaciones. La diferencia entre ellos y yo es que a ellos los llevan porque aún están pequeños para quedarse solos en casa, y yo voy a trabajar.
Verlos a ellos jugar en el pasaje y correr de un lado a otro me hizo recordar las aventuras que mi hermano y yo vivíamos cuando teníamos su edad. Recordé que las escaleras se convertían en rampas y los pasamanos en resbaladillas, que las bancas se transformaban en castillos y los botes de basura en edificios, que las cajas de mercancía que se desocupaban en el pasaje se volvían naves espaciales y las personas que pasaban por ahí eran los meteoritos que había que esquivar. Recordé también que había días en que el pasaje era una gran cancha de fútbol y otros en que era una pista de carreras de triciclos.
Incluso recordé que en cada negocio creábamos un parque de diversiones temático. La zapatería de enfrente era un parque extraterrestre pues los zapatos que vendían eran tan extravagantes que parecían ser especiales para caminar en la luna y usados sólo por seres de otro planeta (señoras elegantes con peinados estrafalarios). La boutique de al lado era un parque jurásico en donde los muebles para colgar la ropa eran tan altos que simulaban ser los árboles que nos refugiaban de los dinosaurios (señores barbones con un tono de voz muy grave, probablemente esposos de las señoras elegantes). La tienda de regalos era un zoológico porque tenían un gran surtido de peluches de todos tamaños, formas, colores y sabores que según nosotros eran como las diferentes especies de animales. El restaurante era una planta de desechos tóxicos a la cual no podíamos acercarnos porque podíamos morir en el intento, y es que la dueña de ese lugar nos gritaba y nos regañaba porque no le gustaba que jugáramos.

En fin, vinieron a mi mente tantos recuerdos de ese lugar donde aprendí a caminar, donde aprendí a andar en bicicleta, donde aprendí a patear pelotas, donde pasaba las vacaciones de verano, donde crecí... Caí en la cuenta que ese pasaje comercial fue como el patio de mi casa aunque no haya sido particular.
Verlos a ellos jugar en el pasaje y correr de un lado a otro me hizo recordar las aventuras que mi hermano y yo vivíamos cuando teníamos su edad. Recordé que las escaleras se convertían en rampas y los pasamanos en resbaladillas, que las bancas se transformaban en castillos y los botes de basura en edificios, que las cajas de mercancía que se desocupaban en el pasaje se volvían naves espaciales y las personas que pasaban por ahí eran los meteoritos que había que esquivar. Recordé también que había días en que el pasaje era una gran cancha de fútbol y otros en que era una pista de carreras de triciclos.
Incluso recordé que en cada negocio creábamos un parque de diversiones temático. La zapatería de enfrente era un parque extraterrestre pues los zapatos que vendían eran tan extravagantes que parecían ser especiales para caminar en la luna y usados sólo por seres de otro planeta (señoras elegantes con peinados estrafalarios). La boutique de al lado era un parque jurásico en donde los muebles para colgar la ropa eran tan altos que simulaban ser los árboles que nos refugiaban de los dinosaurios (señores barbones con un tono de voz muy grave, probablemente esposos de las señoras elegantes). La tienda de regalos era un zoológico porque tenían un gran surtido de peluches de todos tamaños, formas, colores y sabores que según nosotros eran como las diferentes especies de animales. El restaurante era una planta de desechos tóxicos a la cual no podíamos acercarnos porque podíamos morir en el intento, y es que la dueña de ese lugar nos gritaba y nos regañaba porque no le gustaba que jugáramos.
En fin, vinieron a mi mente tantos recuerdos de ese lugar donde aprendí a caminar, donde aprendí a andar en bicicleta, donde aprendí a patear pelotas, donde pasaba las vacaciones de verano, donde crecí... Caí en la cuenta que ese pasaje comercial fue como el patio de mi casa aunque no haya sido particular.